El perro
El día se presentó lluvioso y mientras amanecía, el gris oscuro dejó paso al gris claro. Posé mis labios sobre los suyos y su tacto me recordó al terciopelo. Sin encender la luz, recogí mí ropa vistiéndome.
Salí y una ráfaga golpeó mí cara con barba incipiente. La humedad se calaba en mis huesos y mí abrigo se convertía en un objeto inútil colgado de mí brazo. Lástima no haber cogido un paraguas. Elevé la solapa de la chaqueta y encogí los hombros, gesto útil cuando hace frío, pero absurdo cuando llueve, y me encaminé hacía mí automóvil. Llevaba unos pocos pasos cuando tuve un presentimiento de que no estaba solo, y girándome lo vi. Allí, encogido, desde el otro lado, unos ojos me miraban con pena. No se cuanto tiempo llevaría aquél animal a la intemperie, bajo la cortina de agua, pero su aspecto lastimoso me dejó a las claras que era demasiado.
A sabiendas de que estaba cometiendo un error, lo llamé, y él, receloso pero entregado se acercó moviendo su rabo. Olfateó mis piernas que empezaban a estar tan caladas como su pelo y registrándome como no enemigo echó a andar al paso que ya marcaba hacía mí casa. Era una responsabilidad mas que cargaba sobre unos hombros que acumulaban demasiado, pero parece ser que cuanto mas cuesta arriba se me ponían las cosas, mas me sentía estimulado a rebasar los límites.

rafael dijo
Bonito gesto uncultivador.
No hay animal más agradecido que un perro, le puedes hacer lo que le hagas que siempre vuelve a lamerte y moviendo el rabo.
Enhorabuena
9 Febrero 2006 | 10:54 AM