Publicidad:
La Coctelera

Uncultivador

La mentira tiene las patas cortas y la verdad ofende.

29 Enero 2007

La mayor nevada en treinta años sobre Ciudad Real

Salimos a las diez y media de la mañana con un sol espléndido que no permitía imaginar, a pesar de las informaciones recabadas por los partes metereológicos, lo que nos acabaríamos encontrando.
Ya en Ecija, con una temperatura exterior de 0º y un cielo más que encapotado empezamos a suponernos lo peor, pero las carreteras se hallaban despejadas y por muy mal que se pusiesen las cosas llevábamos las dichosas cadenas.
Fue entre esta localidad y Despeñaperros donde comenzamos a ver carteles luminosos donde se prohibía la circulación de camiones y precaución : nieve, pero de hecho seguían circulando y la nieve no se veía por ningún lado.
Al llegar a Guarroman, que voy a obviar hacer ninguna interpretación sobre el nombre de este pueblo, paramos para relevarnos y llenar el deposito de combustible, por si acaso, ya que aunque seguiamos sin ver ni un copo blanco, si vimos a la Guardia Civil desviando a los camiones de la carretera.

Llegamos a Despeñaperros y por fin empezamos a ver nieve, pero toda en las paredes de aquellos impresionantes desfiladeros, la calzada estaba completamente seca. Serían pocos kilómetros después cuando apareció la tormenta, los carriles desaparecieron, el arcén, las salidas, todo era blanco, solo dos lineas negras de una camioneta que prudentemente mantenía a unos veinte metros, era toda mí visibilidad. Llevábamos la radio encendida a fin de conocer las indicaciones de la DGT, pero averiguamos que era la mayor nevada en Ciudad Real en 30 años, que claro, cuando lo dijo, no pudimos más que reirnos, no queríamos nieve, pues nos íbamos a "jartar".
Un Peugot 206, o 207, no se muy bien, se atrevió a adentarnos a la furgoneta y a mi, pero como un par de kilómetros después, me lo encontré incrustrado en la nieve acumulada del vértice de una salida, "mirando hacía mi".
Hubo un momento en que la fila de coches nos fuimos parando, y en la distancia vi a la guardia civil, o había un accidente, o están obligando a poner las cadenas, pero no era así, se había formado una capa de hielo en la calzada, a ojo, unos diez o veinte centímetros, porque allí no había quien se parase a comprobarlo. Algunos que intentaban meterse por las salidas iban quedando atascados, y la ristra de coches abandonados en ellas, lo cierto es que aparte de hacerme desistir de salir, me acojonaba profundamente sobre el probable futuro.
Cuando ya parecía haber pasado lo peor, me metí en una salida que tenía algo de hueco para entrar, a descansar porque conducir en esas condiciones de tensión pasan su factura y "no tengo prisa en morirme" es una de mis máximas. Pero al acercarnos vemos que las lineas que sigo, salen y que en el aparcamiento hay demasiada nieve acumulada, pienso que si me meto ahí el coche puede quedar bloqueado, y exclusivamente por esa razón, no paro y continuo para salir otra vez a la autovía. Esta decisión relativamente consensuada con mí copiloto, trajo una serie de protestas encendidas de los distintos miembros del pasaje, que clamaban por poder tocar aquella nieve que prácticamente no conocían, sobretodo las más pequeñas. Hay que imaginarse la situación, después de haber pasado aquel agotador periplo a través de la tormenta más grande en treinta años sobre Ciudad Real, tener que aguantar las quejas y reproches, y sin saber lo que pudiese quedar, era demasiado, así que en cuanto que vi una salida por donde podía entrar lo hice, con miedo, lo voy a reconocer, y dispuesto a largarme si no lo veía mínimamente claro, a pesar de las recriminaciones de todos, incluida mí querida copiloto. Seguí las hendiduras que las ruedas de un camión debió de hacer, siendo un camino bastante mal asfaltado, y no pude más que quejarme de por donde me habían obligado a meterme. La nieve entre las hendiduras daba en los bajos de vez en cuando, y su sonido me hacía dudar. Al llegar delante del establecimiento, un bar cafetería, que era algo cutre, para que nos vamos a engañar, vi que podría aparcar encima de la nieve y como solo quería descansar, tomar un café y que los chicos jugasen con la nieve, allí me paré.
Los camioneros que se hallaban dentro nos vieron aparecer y nos miraron con la curiosidad de quien tiene que matar las horas, sobretodo cuando empieza a salir gente del coche, todos tan coloridos, con bufandas, gorros, guantes. A mi me llamaría la atención. No tengo ni que decir que sin embargo, más allá de esta parafernalia para el frio, no íbamos en absoluto preparados para la nieve, y todos llevaban zapatillas, pero tampoco pensamos que nos fuera a caer la mayor nevada en treinta años sobre Ciudad Real.
Entramos en el establecimiento y en un barrido de mirada me hice con la composición del cuadro, a la izquierda mesas situadas al lado de los ventanales a todo lo largo, en ellas, camioneros, era hora de comida, en la barra un matrimonio de unos cincuenta años, buena ropa, ella arreglada, él alto, grueso, parecía que les había tratado bien la vida, al menos en contraposición del resto del local, por eso llamaron mí atención, y les servía, un camarero algo desaliñado, sendos bocadillos de jamón. A mí derecha estaba la entrada de los servicios y me dirigí allí.
Según entré vi dos urinarios y a mí diestra, dos tazas, fuí a entrar, porque prefiero la taza que está más baja, los urinarios han ido subiendo con los años a un ritmo al que no lo he hecho yo, que me quedé en un metro sesenta y ocho, pero cuando fuí a entrar, con el plumas, el polar, y este cuerpo que Dios y el jueves por la mañana en el gimnasio me han dado, no cabía de ancho, no me lo podía creer, me reí, salí de lado, tuve que ir al de pie. Me lavé las manos, mejor dicho, me enjuagué, porque daba asco tocar nada allí, y salí.
A partir de aquí, sin saberlo, iba a ocurrir un suceso que luego recordaría siempre a cámara lenta. Caminé a lo largo de la barra, y el hombre de la pareja que estaba en la barra, se encontraba tosiendo, pasé a su lado mientras su mujer le daba unos golpes en la espalda, pensé mientras los dejaba atrás, esa tos parece como si se estuviese ahogando, al tiempo mí mujer me dijo, ahí tienes el café, ¿ dónde están los niños? pregunté, mientras veía pasar a Carlos corriendo con una bola de nieve, recuerdo que sonreí, giré, y entonces vi que el hombre se separaba de la mujer dando la vuelta, con la cara congestionada, ella histérica por el pánico, y mí mujer que me dijo - Pedro, ese hombre se está ahogando- que fue como si me dijese que actuara.

Dos veces había tenido que hacer la maniobra Heimlich y ambas a la misma persona. Todos la hemos visto en mil películas, pero otra cosa es enfrentarte a la situación de encontrarte con una persona que se ahoga. No puedes dejar que el pánico te paralice, o para cuando reacciones puede ser tarde. Aquel día Carlitos, apareció por la entrada del salón de mí antigua casa, y yo me hallaba sentado en el sofá, me buscaba con agonía porque se había tragado un caramelo, de esos duros que se chupan, y se estaba ahogando, tengo esa escena tan grababa en la memoria que no necesito ni cerrar lo ojos para visualizarla. Agarré uno de sus bracitos y di un tirón para colocar al niño de espaldas a mi, é instintivamente, puse las manos sobre el diafragma, dando un apretón fuerte, el caramelo salió volando por encima de la mesa describiendo una parábola perfecta.
Tras este suceso, busqué y me informé sobre como se realizaba y todo lo que le circundaba.
Sería varios años después y en esta casa, en la cocina, donde con un trozo de jamón, volvió a darme Carlos otro susto de muerte, y de nuevo, tuve que hacer la maniobra Heimlich.
La voz de mí mujer me sacó del trance hipnótico de estar viendo lo que había predecido en mí mente, y actué, como si fuese algo que hago todos los días, en un paso, me situé detrás, mientras tiraba de su lado derecho para colocarme, mís manos buscaron el final del esternon, y entonces di tres fuertes tirones, mientras, no se porqué, decía en imperativo ¡ Suéltalo ! ¡ Vamos! ¡ Suéltalo!, lo solté girándolo, para ver si reaccionaba, y sus ojos me demostraron que si, se hallaba desorientado pero respiraba. Puso su mano sobre mí hombro, y me miró de tal manera, que no necesitaba hablar, tenía tanta gratitud en su mirada, que hasta me sentí algo incómodo, como avergonzado, supongo que un resquicio de timidez me sobrecogió. La mujer nos daba las gracias, que ella no sabía que hacer, que veía que su marido se ahogaba, la lógica reacción después de la descarga de adrenalina. Todo sucedió en unos escasos segundos, solo uno de los camioneros le había dado tiempo a acercarse, el resto habían asistido atónitos a una escena que uno solo suele ver en una pantalla, de hecho a más de uno no le debió dar tiempo ni de verlo. Por supuesto ninguno de mís hijos lo vió. Un poco después entraron Carlos y Shía, y no se lo creían, hasta que su madre se lo confirmó. Las gemelas no se enteraron hasta que al irnos, nos despedimos, y al irle a dar la mano, se levantó de la mesa donde se habían sentado a recuperarse, me dió un abrazo, y entonces preguntaron en el coche, mamá, porque ese hombre tan grande le ha dado un abrazo a papá, y se lo contamos.
Esta última pregunta me dió que pensar, que además de conocer la famosa maniobra, había que tener una determinada fuerza para ejecutarla. Luego dirán que no sirve de nada hacer pesas, que se lo digan a él. A raiz de estas reflexiones se me ocurrió decir que se le había aparecido la virgen, a lo cual contestó Shía, si, una virgen relletina, y Carmen dijo, la virgen mazapán, en medio de chanzas y risas. Vaya gente con la que vivo.
El resto del viaje ya fué más tranquilo, las quitanieves dejaron una carretera más practicable y por fin llegamos a Madrid sin haber sacado las cadenas.

servido por Uncultivador 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

jotatrujillo

jotatrujillo dijo

Después de todo el desasosiego de ese viaje de nieve y frío , el azar te puso en ese cutre restaurante de carretera, donde seguramente, núnca habrías parado, para hacer de ángel-enfermero.
Tu disposición ante la nieve y tu valentía ante un hombre que se ahoga, hubiese merecido una parada en la cercana Valdepeñas, y un buen trago de ese vino, que es pintiparado para las personas de pro.
Un abrazo.

30 Enero 2007 | 01:46 PM

El hemano Montgolfier

El hemano Montgolfier dijo

Es admirable esa capacidad de reacción, cuando me pasan cosas de estas normalmente me quedo bloqueado. Bueno, exceptuando las ocasiones en las que ha sido alguno de mis hijos los implicados, que entonces mi rección ha sido inmediata.
Muchas veces me he preguntado si es posible cambiar esto, si es posible entrenarse o concienciarse para reaccionar pronta y eficazmente ante una situación extrema.

Bueno, acabo ya, un saludo y me alegro que haya gente como tú rulando por el mundo.

1 Febrero 2007 | 11:57 AM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de Uncultivador

Uncultivador

Sevilla, España
ver perfil »
contacto »
Si es que soy inclasificable cogiendo todas las definiciones que podría contener. Está claro que soy un "puto rojo", eso fijo, y encima cultivo ... Tengo una mala costumbre, leer, y además variado. La historia me gusta, pero no soy un historiador, y quizá ya he sacado de ella lo que tenía que sacar. No soy escritor, aunque escriba. Un par de días por semana voy al gimnasio a mitigar el paso del tiempo, mantenimiento para adultos de un entrenador de culturismo, el narcisismo lo superé en su momento. Mas no es mejor fue una frase que aprendí allí, luego la apliqué a otras facetas. A veces toco la guitarra a pesar de ser un manotorpe. 45 años, cinco hijos, y unas cuantas bofetadas de la vida.

Compartir en Facebook

ESTADISTICAS

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera