Las comidas hechas con amor saben mejor.
El sol cae sobre mi faz atravesando la ventana, son las doce, aún no está en su apogeo y por eso es agradable en este frio día de noviembre. Me están llamando a comer, debo darme prisa porque me he quedado en la cama hasta hace un instante, ayer eran las tres y todavia no me había dormido.
Ya he vuelto, ni os habeís dado cuenta pero en ese punto y aparte he aprovechado para comerme un revuelto de puerros que estaba muy rico porque me lo había hecho con todo su amor mi esposa y esas cosas se notan.

Me voy, parece que fue ayer cuando vine del trabajo y me acosté...espera es que fue ayer, esto de empalmar trabajo, cama, trabajo sin tener nada en medio resulta algo frustrante. Menos mal que mañana libramos y podré dedicarme un poco a vivir.
