Por delante del bar donde trabajo, pasan varias procesiones.
El olor a incienso inunda el bar donde trabajo, no en vano varias procesiones pasan por delante de la puerta misma. El estruendo de la música y la algarabía de la gente, la mayor parte vestidos como si fueran a una boda, es la señal de que se acercan. Ya una hora antes ves, te percatas, caes en la cuenta, constatas, que la acera se va llenando de gente, lentamente, con parsimonía, poquito a poco que dirían por aquí, pero implacables en cuanto a coger ese sitio tan valioso a la hora de ver el Paso...pasar.
La calle, en la puerta del bar donde trabajo, se estrecha hasta quedar apenas la calzada y tan solo un metro de acera a cada lado. Si te descuidas podrías hasta oir la respiración forzada de los costaleros, y con un poco de suerte te llevaras de regalo algo de cera de los cirios de los nazarenos en ese vestido tan caro que te has puesto para la inolvidable ocasión. Me pregunto que diría ese Jesús de los pobres ante tales ostentaciones de riqueza, pero bueno sería una pregunta absurda porque que importará lo que pensase ese señor, si aquí lo que vale es lo que dice La Curia.
De nuevo retumban los tambores. Cajas y bombos, acompanados de cornetas de estridente pitido, amenazan con provocar una rotura de tímpanos, facilmente solucionable si te pones unos tapones de esos para el agua y de nuevo en marcha, con el paso bien marcado, casi siempre desde chiquititos, sin otra opción y sin otra posibilidad de elección, serás cofrade porque tu padre lo fue, el padre de tu padre y así sucesivamente. Que bonita es la tradición y luego hablan de los lavados de cerebro.
Ya no están, y te empiezas a enterar porque la gente, el gentío o la gentuza, quien sabe, se va diluyendo como un azucarillo en un café bien calentito, detrás suciedad, papeles, plásticos, cera y sobretodo, mierda, mucha mierda.




