Es un buen día, de esos en los que brilla el sol y lo único que apetece es sentarse con tu perro al lado dejando que los rayos te bañen mientras con tu mano acaricias a tu mascota. De esto, tumbarse al sol, sabe mucho mi perro, que aprovecha para colocarse en la puerta cara al sur. Allí dormita, o como digo yo, se mantiene en stand by, porque dormir lo que se dice dormir no lo hace, hasta que nota que algo llama su atención, entonces endereza su cuello y con las orejas en posición  de combate, decide si tiene que levantarse o no. Realiza un ritual de estiramiento, primero las patas de adelante y luego las de atrás, abre la boca en una especie de bostezo y ya está dispuesto para lo que sea.

Al final, como era previsible, quien ha acabado sacándolo soy yo, y todas las mañanas me viene a buscar. Mete su cabeza entre mi brazo y mi pierna mientras estoy sentado poniéndome los calcetines, le digo que espere pero no puede soportarlo ya que su excitación ante su paseo matinal va en aumento por instantes. Cuando me oye coger las llaves sale trotando, el cuerpo no le da ya para ir a un paso normal hacia la puerta y allí me espera sentado mirando alternativamente a la correa y a mi, no puedo evitarlo me invade un sentimiento de ternura, quizá por eso ya no sé quien saca a quien.